Intermezzo

Miscelánea (I)

Escribe para el Teatro, Solo Para el Teatro

Marzo de 1876. Para la temporada de cuaresma del Teatro Nuovo de Pisa se ha programado la Aida de Giuseppe Verdi. Un muchacho de diecisiete años, Giacomo Puccini, junto a dos de sus amigos, Carignani y Zizzania, recorren a pie los aproximadamente treinta kilómetros -quince de ida y otros tantos de vuelta- que separan Luca de Pisa con la intención de asistir a la representación de la gran obra verdiana1. Nuestro joven músico en ciernes queda subyugado de tal forma por lo que acaba de presenciar que, a partir de ese momento, se afanará en cumplir lo que ya considera que es su destino irrevocable: ser compositor de ópera. Años más tarde Puccini repetirá a menudo: «Dios me tocó con el meñique y me dijo: escribe para el teatro, sólo para el teatro».

Le Willis

22 de diciembre de 1891, Giacomo Puccini acaba de cumplir treinta y tres años. Él lo ignora, pero se encuentra justo a la mitad de su vida. Es, qué duda cabe, un hombre aún muy joven, pese a lo cual, hace casi ocho años, el 31 de mayo de 1884, con sólo veinticinco años, ya pudo saborear las mieles del triunfo. Cuando cayó el telón del Teatro Dal Verme de Milán en el estreno de su primera ópera, Le Willis -posteriormente rebautizada Le Villi-, el joven Giacomo hubo de salir a escena dieciocho veces para recoger el entusiasta aplauso del público. La crítica milanesa, en general elogiosa, augura al joven compositor una feliz carrera. De inmediato, la principal editorial musical italiana, Casa Ricordi, lo incorpora a su nómina, encargándole acto seguido una nueva ópera que se titulará Edgar. El novel músico luqués casi no cree lo que está viviendo. Pero ¡ay!, el caprichoso destino tiene guardado para el joven Giacomo, precisamente ahora, un duro golpe. Doña Albina, su carissima mamma, quien con tanta fe y tanto sacrificio ha luchado para que llegara este momento, fallece en Luca a los cincuenta y tres años, el 17 de julio de 1884, sólo cuarenta y siete días después de haber acariciado el músico el cielo con los dedos.

Se Fuga con Elvira

Dos años más tarde del estreno de Le Villi, en el verano de 1886, Giacomo Puccini tendrá que abandonar Luca tras haber iniciado una relación con Elvira Gemignani -de soltera Bonturi-, una mujer casada con un viajante de comercio de la propia Luca y madre de dos hijos, Renato y Fosca, de uno y seis años respectivamente. Giacomo y Elvira marcharán llevando a Fosca consigo, mientras que Renato permanecerá con su padre, Narciso Gemignani. El motivo de la marcha -tal vez sea mejor decir fuga- no es otro que el embarazo de Elvira, quien dará a luz a final de año al único hijo que tendrá la pareja, Tonio. Todo un escándalo para la mentalidad y costumbres de la vieja Luca, una pequeña ciudad de provincias italiana de la segunda mitad del XIX. En este contexto, la composición de Edgar avanza dificultosamente y Giacomo sólo dispone para mantener a su familia y, además, ayudar a Michele, su hermano menor, que estudia en el conservatorio de Milán, de las 200 liras de asignación mensual que recibe de la Casa Ricordi a cuenta de las futuras regalías por sus óperas.

Edgar

Han pasado cinco años desde el prometedor estreno de Le Villi y, por fin, Edgar, su segunda ópera, está terminada. Giulio Ricordi ha conseguido un elenco de primera categoría y el más imponente de los escenarios posibles, el Teatro alla Scala de Milán. Todo, pues, está preparado para que el 21 de abril de 1889 el estreno de Edgar se convierta en el espaldarazo definitivo que la carrera de Giacomo necesita. Pero el Dal Verme no es La Scala y las expectativas se ven defraudadas. El público escalígero se muestra frío y las exigencias con que la crítica milanesa afronta el juicio de una ópera prima, probablemente no sean las mismas que expresan con una segunda obra que, se supone, ha de ser la del refrendo del joven compositor. La buena impresión que había causado Le Villi queda ya lejana y, durante los meses siguientes, Edgar seguirá una trayectoria irregular que no acaba de remontar el vuelo. En ese contexto y sólo un año después del semifiasco de la segunda ópera pucciniana, un jovencísimo compositor livornés, Pietro Mascagni, de tan sólo veintiséis años, amigo de Puccini y compañero de bohemia de los tiempos de estudiante en el conservatorio de Milán, será catapultado a la cima de la lírica italiana tras el extraordinario éxito obtenido en el estreno de su primera ópera, Cavalleria Rusticana, acaecido en el Teatro Costanzi de Roma el 17 de mayo de 1890. En la lucha por la herencia del tan ansiado cetro de Verdi, Pietro Mascagni ha tomado claramente ventaja, mucha ventaja. Por ahora…

El Signor Giulio

Puccini parece haber vuelto a la casilla de salida. Las dos primeras óperas no se pueden considerar fracasos stricto sensu pero, desde luego, tampoco éxitos. Su situación económica es, cuanto menos, delicada. En el consejo de administración de la Casa Ricordi se alzan voces que abogan por romper la relación con el músico que, después de seis años en nómina, hasta ahora, no ha generado más que gastos. Los señores accionistas se escandalizan de que ese joven e inexperto compositor luqués les lleva costado, por el momento, la considerable suma de ¡18.000 liras! Pero, afortunadamente para el compositor, dicho consejo de administración es poco más que decorativo. En Casa Ricordi se hace y deshace lo que dice Giulio Ricordi -el mayor accionista- y, el Signor Giulio, con su infalible intuición, tanto para lo artístico como para lo empresarial, confía ciegamente en Giacomo Puccini. Con el tiempo, además de editor, Giulio Ricordi será para Puccini un amigo e, incluso, el padre que el pequeño Giacomo perdió siendo niño.

Manon Lescaut

En esa tesitura, Puccini decide redoblar su apuesta y ha puesto ya sus ojos en la novela Histoire du Chevalier Des Grieux et de Manon Lescaut de François-Antoine Prévost como tema para la composición de su tercera ópera. Confía en su talento y cree firmemente que el principal defecto de sus dos primeras óperas reside en los libretos escritos por Ferdinando Fontana. No más imposiciones, a partir de ahora él elegirá personalmente el asunto del texto sobre el que ha de trabajar. Además, considera que, al menos, con la composición de sus dos primeras óperas ha pagado el peaje necesario para ganar experiencia. Así que ha tomado una firme resolución: su tercera ópera será Manon Lescaut. La decisión es muy arriesgada. Con el mismo asunto ya existen dos óperas, una de Daniel-François Auber y, sobre todo, la Manon de Jules Massenet, una obra de un gran compositor que triunfa en los teatros de Europa desde hace casi una década. La comparación será inevitable, Giulio Ricordi lo sabe y lo considera una temeridad innecesaria e intenta disuadir a Puccini de tal empresa, pero la convicción del compositor es firme. Giacomo, con gran confianza en sí mismo y ese punto de atrevimiento que caracteriza a la juventud expresa: «una mujer como Manon puede tener más de un amante».

Una vez tomada en firme la decisión de utilizar el clásico de Prévost como tema del libreto, comienzan las dificultades. El proceso de escritura del texto está siendo muy complicado. Intervendrán en la tarea Marco Praga, Domenico Oliva, Ruggero Leoncavallo, el propio Puccini e, incluso, Giulio Ricordi, antes de que el Signor Giulio llame al rescate a Luigi Illica para poner algo de orden en semejante marasmo. Tantas manos acabarán por participar que, finalmente, se decidirá salomónicamente que el libreto se publique sin atribución. Mientras tanto, sus problemas económicos, lejos de resolverse, se recrudecen, pues Nicolao Cerù, tío segundo de Giacomo, primo hermano de su padre, que contribuyó de manera capital tras la muerte de Michele Puccini, padre de Giacomo, a la manutención de la familia, le reclamará con intereses el dinero que invirtió en los estudios del músico durante su estancia en el conservatorio de Milán.

Michele

Es un momento crítico y, de nuevo, el destino golpea inesperadamente a Giacomo. Su único hermano varón, Michele, casi seis años más joven, fallece de unas fiebres tifoideas en Río de Janeiro (Brasil) tras un periplo por Suramérica, a donde había emigrado en busca de una oportunidad de prosperar.

Torre del Lago

En medio de semejantes dificultades aparece el que será el gran amor de Giacomo Puccini: Torre del Lago2. Es junio de 1891 y el músico llega por primera vez a la hermosa localidad toscana para alquilar dos habitaciones en la casa-torre en donde pasar el verano con su familia y continuar en el laborioso proceso de composición de Manon Lescaut. Más adelante Puccini se hará con una propiedad en Torre del Lago y construirá en ella una villa en la que vivirá a partir de 1900, constituyendo su hogar durante más de veinte años, su refugio del mundo y el lugar en donde encontrará la paz interior. Pero esa es otra historia, no nos adelantemos.

Alea, Jacta, Est..

Amanece el año de 1892. Hacia principios de otoño estará, por fin, acabada la partitura de Manon Lescaut y aún falta un año para el tan ansiado estreno de la ópera, su tercera ópera. Tal vez, el músico toscano se encuentre ante la última oportunidad de hacer realidad sus sueños. Alea, jacta, est

– Notas:

  1. Sobre este relato existen disparidades en los detalles, según sea el autor al que acudamos. En tanto no dispongamos de una nueva versión debidamente contrastada, daremos por bueno el acontecimiento, auténtico, cuando menos, en el hecho principal. ↩︎
  2. En palabras del propio Giacomo Puccini: “Torre del Lago, gaudio supremo, paradiso, eden empireo, turris eburnea, vas spirituale, reggia…. abitanti 120, 12 case…” ↩︎