Gianluca Falaschi

Magister Dixit (XVIII)

Después de Liù Solo Queda el Silencio

El polifacético Gianluca Falaschi -formado en arquitectura, literatura y diseño de vesturio y moda-, responsable de la producción -dirección de escena, escenografía y diseño de vestuario- de Turandot, que se pudo ver este pasado mayo en el Staatstheater de Maguncia, nos ofrece una exégesis particularmente lúcida de la más misteriosa de la obras puccinianas:.

«Es a través de la mirada de Calaf que, en esta ópera, contemplamos Turandot. 
 Calaf es un reflejo de Puccini. Es una figura a través de la cual el compositor se cuestiona, se mira al espejo, se mide. Estudiando esta ópera, desarrollé la idea de que, al componerla, Puccini realizaba una profunda evaluación de su propia existencia: quién había sido, como hombre y como artista. Sintiendo la muerte acercarse, creo que quería reflexionar sobre el significado mismo de estar en el mundo. En este sentido, Calaf encarna esa reflexión: él es (también) Puccini. Pero, en general, es cualquiera de nosotros que nos encontramos ‘a mitad de camino en el viaje de nuestra vida’1, en esa fase en la que el tiempo se acelera, el futuro se vuelve más tenue y surgen preguntas radicales. Calaf es el hombre que mira hacia atrás y se pregunta: ‘¿Qué he deseado? ¿A qué he sacrificado todo lo demás?’. En él veo el motor de la ambición, la necesidad casi visceral de superar los propios límites, de alcanzar algo más grande. El deseo, que es vital. Esa misma ambición que sin duda impulsó a Puccini: un hombre capaz de reformar el lenguaje operístico y trascender el provincianismo de su cuna. Pero entonces llega el momento en que miras la vida de cerca, con claridad y temor. Y comprendes que aún podemos jugar a los dados contra el destino, pero como en un casino, la casa siempre gana. Es la vida la que nos vence. (…) Como Dante en la oscuridad del bosque, o como Ulises en medio del mar, resistiéndose al canto de las sirenas, Calaf está perdido y es arrastrado por una corriente, por una multitud, corriendo y corriendo, sin rumbo. Lo único que frenará esta vorágine por un instante es una muerte inesperada, un sacrificio personal, un acto de generosidad. Calaf es cualquiera que se encuentre en medio de su propio viaje existencial. En él veo el motor mismo de la ambición: el impulso de buscar otra frontera donde plantar bandera, sin saber -o quizás solo en última instancia- que la vida lo vencerá. Calaf es, al mismo tiempo, el impulso de desafiarlo todo y la dolorosa rendición a una verdad superior a nosotros mismos. Turandot es, en efecto, la vida en su totalidad, y por lo tanto también la muerte. No es simplemente un personaje: es una metáfora, es la existencia misma. Una entidad compleja, fragmentada, dolorida, herida, violada por las batallas libradas en su propio cuerpo; la suma de todo lo que nos atraviesa: esperanzas, ilusiones, deseos, derrotas. (…) Ella es la fuerza que nos observa y nos abruma, que no puede ser poseída ni descifrada. Turandot es la gran esfinge de la vida: la que plantea enigmas para los que no hay respuesta real, porque la única verdad es que, al final, es ella quien gana. Para mí, la ópera termina con la muerte de Liù. No solo porque Puccini se detuvo allí, sino porque, en ese momento, todas las ilusiones se derrumban. El anhelo de Calaf, como el de sus predecesores, se ve destrozado por Turandot. Después de Liù, solo queda el silencio. La cuestión es que me parece emblemático que Puccini completara su ópera solo hasta la muerte de Liù. Es como si, llegado a ese punto, comprendiera que no había más que hacer. Como un jugador de alto riesgo que se retira de la mesa, sabiendo que la aventura ha terminado. Consciente de haberlo ganado todo y de haberlo perdido todo. En ese fino hilo del flautín que se alza tras la muerte, percibo un desapego: un alma que abandona la habitación, abandona el tiempo, vagando por otro lado. (…) Turandot no es una persona: es un espejismo, el enigma que nos atormenta, un potencial, una promesa. Es lo que nos levanta de la cama cada día: esa esperanza que nos mantiene vivos, pero que, al mismo tiempo, siempre decepciona. En mi puesta en escena, Turandot es un ángel y un monstruo, las dos caras de la luna, la noche, pero también el deseo mismo de despertar. (…) Turandot es un premio que nadie puede ganar, es un conocimiento que no nos pertenece. (…) Creo que todo sucede en el interior de Calaf: es un sueño, quizás un delirio, quizás la última visión antes del fin. Todo lo que vemos -Turandot, el pueblo, Liù, Timur- es real y a la vez simbólico, como ocurre en los sueños. Liù y Timur no son necesariamente personas: son voces interiores, llamadas al deber, presencias arquetípicas, recuerdos. Incluso el coro, en mi interpretación, no es solo un pueblo de carne y hueso, sino una colección de presencias abstractas, gotas de nuestro desconcierto colectivo. Ciertamente, se podría describir a Turandot a través de su mirada, pero creo que la mirada de Turandot no es humana. Es una mirada que viene de otro lugar, una mirada que quizás nos observa como hormigas, o quizás no nos observa en absoluto. Es la mirada de lo desconocido. Por eso, como les decía, ‘Turandot no existe, solo existe la Nada’2, no es solo una provocación: es una pregunta radical sobre la existencia de un más allá. (…) Quizás este Turandot podría parecer ambientado en una interminable noche de Halloween, llena de fantasmas -una festividad que, más que ninguna otra, ha colonizado el mundo entero- o dentro de una película estadounidense, quizá, y lo digo con gran humildad, en algo que recuerda a ciertas visiones de David Lynch. Al fin y al cabo, es la propia música de Puccini la que sugiere esa ambigüedad: esa frontera difusa entre el sueño y la pesadilla, donde China se alza como una caja de música distante e irreal». (2025).

Gianluca Falaschi, (Roma, Italia, 1977), es diseñador de vestuario además de escenógrafo y director de escena de ópera.

– Fuente: Texto extraído de la entrevista efectuada por Stefano Nardelli a Gianluca Falaschi, titulada Sul tavolo da gioco di ‘Turandot‘, y publicada el 13 de mayo de 2025 en la revista internáutica musical turinesa gdm. Il giornale della musica.

– Notas:

  1. «Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura / che’ la diritta via era smarrita». Divina comedia. Infierno, Canto I, principios del s. XIV, de Dante Alighieri. ↩︎
  2. Pang: «Turandot non esiste!». / Ping: «Non esiste che il Niente, nel quale ti annulli». / Pong, Pang: «Turandot non esiste, non esiste!… Turandot, Acto Primero. ↩︎